La creación del Real Apostadero Naval español en Montevideo, en 1776, representó una decisión estratégica que transformó a la ciudad en un punto de referencia para la navegación, el comercio y la defensa de los dominios españoles en América. Su historia, junto con el legado de quienes contribuyeron a construirla, constituye el eje del libro “El Apostadero. La estación naval española en la ciudad de Montevideo: 1776-1814”, del capitán de ultramar, Yamandú Ortiz Gibert, presentado en la sede de la Liga Marítima, en Montevideo.
Lejos de atribuirse méritos que no considera propios, el autor comenzó su exposición con una advertencia dirigida al público: “No se hagan excesivas ilusiones”. Ortiz Gibert explicó que no se considera escritor ni investigador, sino un recopilador de información que procura reunir y poner en perspectiva conocimientos disponibles en trabajos anteriores. En ese sentido, destacó especialmente la producción de la Academia Uruguaya de Historia Marítima, cuyos estudios son una referencia fundamental para acercarse al pasado naval del país.
Ortiz Gibert dedicó la obra a la memoria del capitán de navío Francisco Valiñas, como reconocimiento a una figura destacada de la historia naval uruguaya. También mencionó la labor de los fundadores de la Academia Uruguaya de Historia Marítima que aún viven, en particular al escribano Juan Antonio Varese, al almirante Alberto Caramés y al profesor Alejandro Bertocchi. A este último lo definió como una referencia permanente para quienes se aproximan a la historia naval y valoró por su constante labor de investigación y publicación.
Plaza fuerte y puerto de mar
El punto de partida del libro es el establecimiento del apostadero durante el reinado de Carlos III, en el marco de las reformas impulsadas por la Corona española. Su instalación, expuso, requería condiciones geográficas y logísticas específicas: aguas profundas, disponibilidad de agua potable y víveres, facilidades para el desembarco y de comunicación. Montevideo, añadió, reunía esas características y ofrecía una ventaja decisiva en una región donde las condiciones de navegación y la exposición a los vientos podían dificultar las operaciones marítimas. Afirmó que España destinó personal especializado, procedente de lugares como Cádiz, para atender las necesidades de la estación naval, desde la marinería y la construcción de embarcaciones hasta la atención sanitaria.
“¿Por qué este país existe? Porque tenemos un puerto”, planteó Ortiz Gibert durante la presentación, al referirse a las condiciones naturales que favorecieron el desarrollo de la ciudad. Aunque Buenos Aires era la capital del Virreinato del Río de la Plata, la monarquía española eligió convertir a Montevideo en plaza fuerte y puerto de mar. Esa condición estratégica le otorgó ventajas y prerrogativas, fortaleció su actividad comercial y contribuyó a consolidar su posición dentro de las rutas marítimas regionales.
Fue así que uno de los siete apostaderos de la Corona española en América, como lo fue Montevideo, se convirtió en un centro relevante para el movimiento de mercancías y el control de las operaciones marítimas, con procedimientos aduaneros e impositivos rigurosos. El autor destacó, como ejemplo de esa organización, la documentación de embarque utilizada por los españoles, que podía confeccionarse en cuatro o cinco copias para facilitar el control de los buques mercantes. Este fortalecimiento de la actividad portuaria contribuyó, al mismo tiempo, a profundizar la competencia con Buenos Aires, en una disputa por el movimiento comercial y las prerrogativas vinculadas al tráfico marítimo, analizó.
Período histórico poco difundido en la enseñanza
Ortiz Gilbert relató que la presencia portuguesa en Colonia del Sacramento, el contrabando, las aspiraciones de Portugal sobre el Río de la Plata y la rivalidad con Inglaterra configuraban un escenario de permanente tensión. A ello se sumaron las consecuencias de las guerras napoleónicas y el traslado de la corte portuguesa a Río de Janeiro, acompañado de fuerzas militares y una estructura administrativa de gran magnitud. En ese tablero regional, el apostadero no solo debía atender las necesidades de la Armada española, sino también responder a un entorno en el que el control de los puertos y las vías de navegación tenía un valor político, militar y económico decisivo.
El autor tuvo, además, palabras de reconocimiento para aquellos hombres que permanecen alejados de los monumentos y las estatuas, pero cuya labor fue fundamental para el funcionamiento del apostadero y para el desarrollo marítimo de Montevideo. Recordó la llegada de especialistas en construcción naval y de cirujanos formados en el Colegio de Cirugía de Cádiz, así como la influencia de los carpinteros de ribera en las prácticas locales. Parte de esa herencia, sostuvo, permite reconocer la continuidad de conocimientos y oficios vinculados a la actividad marítima.
Con “El Apostadero” Ortiz Gibert invita a revisitar, en el marco del 250.º aniversario de su creación, un período de la historia nacional que considera insuficientemente difundido tanto en la enseñanza como en la memoria colectiva. Entre 1776 y 1814, Montevideo desempeñó un papel estratégico en la presencia española en el Atlántico sur y consolidó funciones portuarias, militares y comerciales que dejaron una huella mucho más allá de la existencia del propio apostadero.


